Las gafas de sol existen por un malentendido del siglo XVIII
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Las gafas de sol existen por un malentendido del siglo XVIII
Asumimos que las gafas de sol se inventaron para protegernos del sol, lo cual es una de esas suposiciones tan razonables que casi nadie se molesta en comprobar y resulta ser, como tantas cosas razonables, históricamente falsa. El objeto más asociado al verano, a las terrazas y a las películas en las que alguien se las quita en cámara lenta para subrayar que va a decir algo importante, nació en realidad de una sucesión de accidentes, errores de interpretación y gente intentando resolver un problema completamente distinto. Que es, si uno lo piensa, la forma en que se inventa casi todo lo bueno.
Capítulo uno: el inuit que no quería oscurecer el mundo, sino afilarlo
Las primeras gafas de sol de la historia no eran de cristal, ni de plástico, ni tenían nada que ver con la moda. Hace unos dos mil años, los pueblos inuit tallaban en hueso, asta o madera unas piezas curvas con una ranura finísima, las ataban a la cara y se frotaban con hollín para reducir el reflejo. No oscurecían el paisaje: lo afilaban. En un mundo de blanco infinito donde la nieve devuelve la luz con una violencia capaz de dejarte ciego durante días, la solución no fue ver menos, sino ver lo justo. Es una idea sorprendentemente moderna para un objeto de hueso: que ver mejor a veces consiste en filtrar, no en tapar. Dos mil años después seguimos sin haber mejorado del todo el concepto.
Capítulo dos: el inglés que las inventó sin querer inventarlas
Y aquí llega el malentendido fundacional. A mediados del siglo XVIII, un óptico inglés llamado James Ayscough empezó a experimentar con lentes tintadas de verde y azul. Su objetivo no tenía absolutamente nada que ver con el sol: Ayscough estaba convencido de que el cristal transparente era demasiado agresivo para la vista y que un color suave aliviaría la fatiga visual de quienes leían o trabajaban con luz artificial. Era, en esencia, un pionero accidental de lo que hoy llamaríamos filtro de descanso visual. El problema es que la gente, que entonces como ahora prestaba más atención a lo que veía que a lo que le explicaban, observó que aquellas lentes de colores reducían el deslumbramiento del sol y empezó a usarlas exactamente para eso. Ayscough intentaba aliviar la vista en interiores y, sin pretenderlo, le dio al mundo las gafas de sol. Murió, hasta donde sabemos, sin enterarse de que había fundado una industria que no quería fundar.
Capítulo tres: el prodigio de veinte años
El salto definitivo tardó casi dos siglos más y lo dio un chaval. En 1929, un tal Edwin Land — veinte años, una ambición desproporcionada y un cerebro que cambiaría la forma de mirar del siglo dos veces — desarrolló el material polarizado, ese que no se limita a oscurecer sino que filtra el reflejo según su ángulo. De ahí salieron las primeras "Day Glasses". El mismo Land inventaría después la cámara Polaroid, lo cual deja una estadística difícil de superar: un solo hombre transformó cómo vemos el mundo y cómo lo fotografiamos, y empezó haciéndolo con una idea sobre gafas. Cuando alguien diga que las gafas de sol son un objeto frívolo, conviene recordar que salieron del mismo cerebro que la fotografía instantánea.
La moraleja, que no estaba en el plan
Lo bonito de esta historia es lo poco que se parece a un plan. Un pueblo del Ártico buscando no quedarse ciego, un óptico inglés preocupado por la fatiga visual, un prodigio de veinte años obsesionado con la luz: ninguno de ellos se sentó a "inventar las gafas de sol". El objeto que hoy asociamos al ocio, al estilo y a las vacaciones es en realidad el resultado de varias personas resolviendo problemas serios y equivocándose en la dirección correcta. Las mejores cosas casi nunca salen del plan original. Salen de alguien que intentaba otra cosa y prestó atención a lo que ocurría de verdad.
En RAVAL nos gusta esa idea más de lo que probablemente deberíamos admitir: que un objeto tan cotidiano cargue con dos mil años de accidentes felices, de gente mirando el mundo y decidiendo afilarlo un poco. Cada montura que diseñamos es, lo quiera o no, el último capítulo de esa historia larga y desordenada. No inventamos nada. Solo continuamos una conversación muy antigua sobre cómo mirar.
¿Quién inventó las gafas de sol? No hubo un único inventor. Los inuit crearon las primeras protecciones solares hace 2.000 años; James Ayscough popularizó las lentes tintadas en el siglo XVIII (por error) y Edwin Land desarrolló las lentes polarizadas en 1929.
RAVAL diseña gafas en Barcelona, heredera de esa larga historia de mirar mejor.