Sant Joan en Barcelona: por qué seguimos celebrando el fuego

Sant Joan en Barcelona: por qué seguimos celebrando el fuego

Sant Joan siempre aparece en la ciudad con la energía de ese amigo que escribe "tranquilo, una cerveza rápida" y doce horas después te encuentras descalzo en una playa, oliendo a humo y tomando decisiones que tu yo de las nueve de la mañana denunciaría en un tribunal internacional. Durante unos días Barcelona deja de intentar parecer una capital europea eficiente, sostenible y ligeramente escandinava y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un puerto mediterráneo donde la gente considera perfectamente razonable celebrar el inicio del verano lanzando pequeños explosivos cerca de sus familiares. Las panaderías exhiben las cocas como si fueran joyerías, los supermercados se convierten en centros logísticos de hielo y cerveza y los niños manejan petardos con la concentración de un ingeniero nuclear mal pagado. La ciudad entera adquiere esa atmósfera de víspera importante, como si todos supiéramos que algo está a punto de ocurrir aunque llevemos siglos haciéndolo.

El santo llegó después del fuego

La Iglesia dice que celebramos a San Juan Bautista y técnicamente es cierto, igual que técnicamente la pizza de aeropuerto también es pizza. El santo llegó después. Mucho después. Antes ya estaban las hogueras, los baños nocturnos, las fiestas del solsticio, la gente saltando sobre el fuego y las comunidades agrícolas intentando negociar con los dioses, las cosechas y la mala suerte mediante una estrategia ancestral que consistía básicamente en prender algo y esperar lo mejor. El cristianismo vio que aquello tenía más seguidores que cualquier campaña institucional y decidió hacer lo que las grandes marcas llevan siglos haciendo: poner un nombre nuevo sobre una costumbre demasiado popular para prohibirla. El santo llegó después del fuego, no al revés.

Y quizá por eso la fiesta sigue funcionando. Porque debajo del santo, de la coca, de la verbena y de los grupos de WhatsApp organizando cenas hay algo mucho más antiguo. Lo extraordinario es que seguimos reuniéndonos alrededor del fuego después de haber inventado internet, las criptomonedas, las aplicaciones de productividad y las reuniones por Zoom. Hemos conseguido que una tostadora tenga conexión wifi y aun así llega junio y decidimos mirar una hoguera durante veinte minutos con la misma fascinación que un pastor ibérico de hace dos mil años. Los antropólogos hablan de rituales liminales y supervivencias paganas. La realidad es que el fuego sigue teniendo mejor interfaz que muchas aplicaciones.

Celebrar justo cuando la luz empieza a irse

Hay además algo profundamente mediterráneo en celebrar precisamente el momento en que la luz comienza a disminuir. El solsticio no marca una victoria sino el inicio de una pérdida. Los días ya nunca volverán a ser tan largos y la respuesta colectiva consiste en organizar una fiesta enorme, encender fuego y beber vino blanco frío. Los pueblos del norte construyeron filosofías enteras alrededor de la melancolía; aquí inventamos las verbenas. Ellos desarrollaron la depresión estacional y nosotros decidimos responder al paso del tiempo con una traca y una botella que alguien olvidará en el congelador.

Mientras uno cruza la ciudad la noche de Sant Joan descubre además que las clases sociales se vuelven ligeramente porosas. El abogado, el camarero, el estudiante, la familia de toda la vida y el turista accidental terminan mirando el mismo cielo durante unos segundos mientras explota un cohete particularmente ambicioso. Después cada uno volverá a sus problemas específicos, a sus hipotecas o a sus alquileres imposibles, pero durante unas horas existe esa suspensión extraña del orden cotidiano. El fuego siempre ha sido democrático porque obliga a todos a mantener cierta distancia y porque una chispa perdida no distingue entre barrios, profesiones ni cuentas corrientes.

Una fiesta que nunca tuvo un solo significado

Quizá por eso seguimos celebrando Sant Joan cuando tantas otras fiestas han perdido parte de su significado. Porque en realidad nunca tuvo uno solo. Es una fiesta religiosa para algunos, pagana para otros, familiar para muchos y puramente logística para quien solo intenta que el perro sobreviva a los petardos. Pero debajo de todas esas capas permanece una idea muy antigua: los seres humanos necesitan marcar el tiempo con algo más que calendarios digitales y reuniones de trabajo. Necesitamos noches que parezcan distintas, momentos que separen una estación de otra, pequeñas ceremonias que nos recuerden que seguimos viviendo dentro de ciclos mucho más viejos que nosotros y que, por mucho que intentemos organizar la vida en aplicaciones, seguimos siendo animales bastante antiguos sentados alrededor del fuego intentando entender qué hacer con el tiempo que nos toca.

Así que feliz Sant Joan. Que arda lo que sobre, que sobreviva lo importante y que los petardos exploten siempre un poco más lejos de nuestros pies que de nuestras expectativas. Nos vemos al otro lado de la noche, con olor a humo, arena en las zapatillas y la sospecha de que algunas tradiciones siguen existiendo porque, pese a todo, todavía saben más de nosotros que nosotros mismos.


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