"No hace ni veinte años que sabemos hacer esto": el sermón de 1306 que fecha el invento de las gafas

"No hace ni veinte años que sabemos hacer esto": el sermón de 1306 que fecha el invento de las gafas

El 23 de febrero de 1306, en una iglesia de Florencia, un fraile dominico llamado Giordano da Pisa estaba dando un sermón (de esos largos, de invierno, con la gente apretada y el frío entrando por todas partes) cuando soltó de pasada una frase que hoy es probablemente el documento más importante de la historia de la óptica. Dijo, más o menos: no hace ni veinte años que se descubrió el arte de hacer anteojos, que están entre las mejores y más necesarias artes que el mundo tiene. Y luego añadió lo que de verdad pone los pelos de punta: yo mismo vi al hombre que primero lo descubrió y lo hizo, y hablé con él.

Vi al hombre. Hablé con él.

Alguien que se dio cuenta en tiempo real

Lo extraordinario de esa frase no es la fecha, aunque la fecha sea oro puro para los historiadores. Es que Giordano fue consciente. Estaba vivo en el momento exacto en que apareció el invento, entendió que era importante, se molestó en decirlo en voz alta y dejó constancia. Eso es rarísimo. Prácticamente todo lo que ha cambiado el mundo pasó desapercibido mientras pasaba: la gente que vivió la invención de la imprenta, del motor de vapor o de internet tardó décadas en entender qué le había caído encima. Aquí, en cambio, hay un hombre en una iglesia italiana en 1306 diciendo, en esencia: esto que acaba de ocurrir es enorme, y yo he conocido al tipo.

Y aun así —y aquí llega la parte insoportable— no nos dijo el nombre.

El invento más útil del milenio no lo firmó nadie

Ese es el gran agujero de la historia. Las gafas aparecen en el norte de Italia hacia 1286, probablemente entre Pisa y Venecia, con toda la lógica del mundo: era la zona de Europa donde mejor se sabía trabajar el vidrio y donde había más gente cuyo oficio consistía en leer letra pequeña durante horas —monjes copistas, notarios, comerciantes con libros de cuentas—, es decir, la mayor concentración de vista cansada del continente. Sabemos que un tal Alessandro della Spina, dominico de Pisa, aprendió a fabricarlas y, a diferencia del original, enseñó a todo el mundo cómo se hacían. Su elogio fúnebre lo dice sin rodeos: otro las inventó y no quiso compartir el método; él las rehizo y lo compartió con todos, alegremente.

Traducción: el primero se lo guardó. Tenía un secreto industrial en las manos, entendió lo que valía y decidió que era suyo. Y el resultado, ocho siglos después, es que unos dos mil millones de personas se ponen todos los días su invento en la cara sin tener la menor idea de a quién darle las gracias. Es la venganza más elegante que ha ejecutado la historia contra alguien por no compartir: no le castigó con el olvido de su obra, que sobrevive en todas las caras del planeta, sino con el olvido de su nombre.

Trescientos años sin sujeción, porque nadie tenía prisa

Otro detalle que dice mucho sobre cómo funciona la innovación de verdad. Aquellas primeras gafas eran dos lentes convexas montadas en aros unidos por un remache, y no se sujetaban a nada. Se sostenían con la mano, o se apoyaban precariamente en la nariz, o se ataban con cintas a un gorro. Nadie pensó en las patillas.

Nadie pensó en las patillas durante cuatrocientos años.

Piénsalo un momento, porque es una de las cosas más humanas que existen. Generaciones enteras de gente inteligentísima —astrónomos, cartógrafos, matemáticos, científicos que estaban reordenando el universo entero mientras tanto— sujetándose las lentes con una mano y pasando páginas con la otra, sin que a ninguno se le ocurriera que aquello podía apoyarse en las orejas, que llevaban ahí desde el principio y no estaban haciendo nada. Las patillas laterales no se generalizan hasta el siglo XVIII. La solución obvia siempre lleva siglos de retraso, y siempre parece obvia solo después.

El norte lo habría patentado; el sur lo cuenta en un sermón

Hay algo muy mediterráneo en toda esta historia, dicho con cariño. Un invento que aparece sin acta, sin registro, sin nombre; un fraile que lo documenta por accidente mientras hablaba de otra cosa; un segundo fabricante que revienta el secreto del primero simplemente porque le parecía mal guardárselo; y toda la humanidad beneficiándose de una cadena de acontecimientos que ningún departamento de innovación habría aprobado jamás. En el norte de Europa esto habría generado una patente, un litigio de veinte años y un museo con audioguía. Aquí generó un sermón de invierno y un elogio fúnebre.

Ninguna de las dos cosas es mejor. Pero es probable que la mejor invención de la Edad Media siga sin autor porque ocurrió en un sitio donde la gente estaba más ocupada usando las cosas que registrándolas.

En RAVAL trabajamos con un objeto que arrastra ochocientos años de personas anónimas mejorándolo poco a poco: alguien puso el remache, alguien puso el puente, alguien, cuatro siglos tarde, cayó en lo de las orejas. No inventamos nada. Añadimos, si acaso, un capítulo pequeño a un libro que empezó otro y que nunca firmó.

¿Quién inventó las gafas? No se sabe. Aparecieron en el norte de Italia hacia 1286 y el inventor mantuvo el método en secreto. En 1306, el fraile Giordano da Pisa dejó constancia en un sermón de que había conocido personalmente al inventor, pero no registró su nombre.

RAVAL diseña gafas en Barcelona, en El Raval. Cultura, no catálogo.

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