El monóculo: cómo un objeto se muere porque la gente equivocada lo llevó puesto
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Prueba mental rápida: piensa en alguien con monóculo. Casi seguro que lo que te ha venido a la cabeza es un villano. Un magnate de dibujos animados con chistera y bigote. Un oficial con acento alemán en una película de guerra. El señor del Monopoly. Nadie, absolutamente nadie, piensa primero en un contable miope de 1890 que simplemente necesitaba leer una factura y no podía permitirse unas gafas completas. Y sin embargo eso, estadísticamente, era casi todo el mercado.
Empezó siendo lo contrario de un símbolo
El monóculo nace de un problema técnico muy poco glamuroso: mucha gente tiene un ojo bastante peor que el otro. Antes de que las gafas graduadas con dos lentes distintas fueran baratas y accesibles, corregir un solo ojo con un solo cristal era la solución barata, portátil y razonable. Ni siquiera es un invento aristocrático de origen: viene de una larga familia de lentes de mano —el quizzing glass, la lorgnette, el cristal de bolsillo— que la gente usaba exactamente igual que hoy usamos el zoom del móvil para leer un menú, es decir, con más resignación que estilo.
Lo que ocurrió después es el mecanismo más interesante de la historia de los objetos: alguien con mucho poder lo adoptó, y a partir de ahí el objeto dejó de significar lo que hacía y pasó a significar quién lo llevaba.
La física del desdén
El monóculo tenía además una desgracia de diseño, y es que para sostenerlo hay que hacer, obligatoriamente, una cosa muy concreta con la cara: contraer el músculo alrededor del ojo y levantar ligeramente la ceja. No hay alternativa. Es un requisito mecánico. Y da la casualidad de que ese gesto es, en prácticamente todas las culturas humanas, la expresión universal del escepticismo despectivo. El objeto obligaba a poner cara de "¿en serio me estás diciendo eso?" durante todo el tiempo que uno lo llevaba puesto.
Imagínate el desastre reputacional. Un accesorio que fuerza a su usuario a mirar a los demás con incredulidad permanente, adoptado justo por la clase social a la que todo el mundo ya sospechaba de mirarles por encima del hombro. Cuando el monóculo llegó a los salones europeos del XIX no tuvo que hacer ningún esfuerzo para significar arrogancia: la arrogancia venía de serie, incorporada en la anatomía del gesto.
Y luego llegó lo irreversible
A partir de ahí todo fue cuesta abajo y con una pendiente muy pronunciada. Al otro lado del Atlántico, la caricatura política estadounidense de principios del siglo XX ya lo había fijado como el uniforme del magnate de los grandes trusts: chistera, barriga, puro y monóculo, un dibujo que sobrevive intacto hasta hoy en la ficha del Monopoly y que cualquier niño de seis años sabe leer sin que nadie se lo explique. En Europa, el cuerpo de oficiales prusiano lo llevó durante décadas como distintivo de casta militar. Y después de la Segunda Guerra Mundial y de miles de horas de cine que fijaron esa imagen para siempre, la sentencia fue definitiva: se puede sobrevivir a que te consideren pijo, pero no a que te asocien con eso.
Así que el monóculo murió. No porque hubiera dejado de funcionar —funciona exactamente igual de bien que en 1890, corrige un ojo, es ligero, cabe en un bolsillo— sino porque su significado se volvió intransitable. Es probablemente el caso más claro que existe de un objeto asesinado por sus propios usuarios.
La parte que nos interesa
Y aquí está lo que a nosotros nos importa de verdad, porque es una idea que se aplica a todo lo que la gente se pone en la cara. Un objeto no tiene ninguna moral propia. No tiene clase social, ni ideología, ni buenas ni malas intenciones. Es un trozo de cristal y un aro de metal. Todo lo que "significa" se lo hemos puesto nosotros encima, colectivamente y a lo largo de décadas, según quién se lo puso primero, cómo se comportó mientras lo llevaba y a quién le hizo daño.
Lo cual funciona en las dos direcciones, y esa es la parte optimista. La camiseta blanca era ropa interior de soldado. El vaquero era un pantalón de trabajo para gente que se dejaba las rodillas. Las botas militares acabaron en los pies de media escena musical del siglo. Los objetos suben y bajan en el ascensor social constantemente, y quien decide el piso nunca es la fábrica: es la calle.
Aquí conviene un apunte de latitud. En el norte de Europa la ropa y los accesorios se han usado tradicionalmente para no destacar, para integrarse en un grupo sin hacer ruido, con una economía de señales notablemente disciplinada. En el sur usamos exactamente las mismas prendas para lo contrario: para anunciar de qué barrio venimos, con quién vamos y de qué lado estamos, y lo hacemos con un descaro que a un sueco le parecería francamente agotador. Dos estrategias opuestas y el mismo hecho de fondo: nadie se viste solo para taparse.
Por eso en RAVAL nos tomamos en serio lo de "All Humans Welcome", que suena a eslogan pero es, sobre todo, una lectura del monóculo. Ningún objeto tiene clase por sí mismo. La tiene la mirada, y la mirada se la pone quien lo lleva puesto.
¿Por qué desapareció el monóculo? No por razones técnicas —sigue funcionando— sino culturales: quedó asociado a la aristocracia arrogante, al magnate de los trusts en la caricatura política y al cuerpo de oficiales alemán, y esa carga simbólica lo volvió imposible de llevar tras la Segunda Guerra Mundial.
RAVAL diseña gafas en Barcelona, en El Raval. All Humans Welcome.