La Vampira del Raval: Crónica de un mito entre miseria, morbo y manipulación
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A principios del siglo XX, Barcelona era una ciudad partida entre la modernidad y la miseria. El barrio del Raval, entonces conocido como el "Barrio Chino", concentraba una densidad extrema de pobreza, prostitución, delincuencia y enfermedades. Fue en ese escenario oscuro, lleno de callejones y casas de vecindad, donde se tejió uno de los mitos más macabros y persistentes de la crónica negra española: el de Enriqueta Martí, bautizada por la prensa como La Vampira del Raval.
Enriqueta Martí Ripollés nació en 1868 en Sant Feliu de Llobregat. Se trasladó joven a Barcelona, donde vivió una vida errante marcada por la precariedad, la enfermedad y la marginalidad. Se sabe que trabajó como sirvienta, costurera, curandera, incluso prostituta, y que vivía entre pisos humildes del Raval y Santa Madrona. Algunas fuentes la retratan como una mujer solitaria, extraña y desaliñada, cuya imagen encajaba perfectamente con el perfil de la bruja urbana que el imaginario popular estaba dispuesto a crear.
Su nombre saltó a la luz el 10 de febrero de 1912, cuando fue detenida por el secuestro de Teresita Guitart Congost, una niña de cinco años hija de una familia trabajadora. Teresita había desaparecido 17 días antes y fue reconocida por una vecina desde una ventana. La policía irrumpió en el piso de Enriqueta en la calle Ponent (actual Joaquín Costa) y encontró allí a la niña, junto a otra menor, Angelita, a la que Enriqueta hacía pasar por su hija. La historia habría quedado como un caso más de secuestro si no hubiese sido por lo que vino después.
En los días siguientes a la detención, la prensa desató una ola de titulares escabrosos que convirtieron a Enriqueta en una figura monstruosa. Se la acusó no solo de secuestrar niños, sino también de asesinarlos, desangrarlos, desmembrarlos y utilizar su grasa, sangre y huesos para fabricar ungüentos milagrosos con los que curaba a clientes de la alta sociedad. Según estos relatos, Enriqueta alternaba su rol de curandera de día con el de proxeneta de menores por la noche, liderando una red de prostitución infantil que abastecía a médicos, jueces y burgueses barceloneses.
Supuestamente, en el registro del piso se hallaron frascos con sangre coagulada, cabellos, huesos humanos, aunque nunca se demostró que fueran infantiles, y un cuaderno con recetas de remedios. También se encontraron vestidos de niña, zapatitos, fotos antiguas y velas negras. La narrativa del horror estaba servida. En pocos días, Enriqueta Martí pasó de ser una desconocida a convertirse en el chivo expiatorio perfecto para una sociedad deseosa de canalizar sus miedos y culpas.
La historiografía contemporánea, sin embargo, ha desmontado buena parte del relato que la convirtió en “la vampira”. Autores como Jordi Corominas, en Barcelona 1912. El caso Enriqueta Martí, y Elsa Plaza, en Desmontando el caso de la vampira del Raval, han rastreado los documentos judiciales, los partes médicos y los archivos policiales, y coinciden en un punto clave: la única acusación formal fue el secuestro de Teresita. Nunca fue juzgada por asesinato, ni hubo pruebas concluyentes de que matase a ningún niño.
Los restos encontrados en su casa resultaron ser, en su mayoría, huesos animales o restos antiguos (incluso de un cementerio cercano). El famoso cuaderno con pócimas podría haber sido una mezcla de superstición y desvarío mental. Y las acusaciones sobre redes de prostitución infantil vinculadas a las élites jamás se investigaron seriamente. La prensa sensacionalista, en cambio, llenó los huecos con imaginación morbosa.
El caso de Enriqueta Martí no solo revela el funcionamiento de los medios de la época, sino también el clasismo y la misoginia de una sociedad que prefería ver en una mujer pobre, enferma y sola la encarnación del mal. En una Barcelona convulsa por huelgas obreras, miseria extrema, escándalos políticos y una burguesía cada vez más temerosa del “peligro rojo”, la figura de la “vampira” fue útil para proyectar culpas y desviar la atención.
Murió en la cárcel de Reina Amàlia en mayo de 1913, supuestamente linchada por otras reclusas, aunque también se baraja la posibilidad de que muriera de cáncer uterino. No hubo juicio ni sentencia. Lo que quedó fue la leyenda.
Con el tiempo, la figura de Enriqueta Martí se ha convertido en un icono de la cultura popular barcelonesa. Ha inspirado novelas gráficas, como La vampira de Barcelona (Norma Editorial), documentales, obras teatrales, series y películas. Una de las más notables es La vampira de Barcelona (2020), dirigida por Lluís Danés, que ofrece una visión crítica y estilizada del caso, presentando a Enriqueta más como víctima que como verdugo.
En paralelo, el mito ha servido también como excusa para hablar del Raval como barrio maldito, oscuro, peligroso. Esta visión, heredera de aquel discurso amarillista de principios del siglo XX, ha estigmatizado durante décadas una zona de Barcelona históricamente obrera, mestiza, contradictoria, pero también rica en cultura popular y resistencia.
Enriqueta Martí fue, probablemente, una mujer perturbada, víctima de la miseria y de sí misma. Pero no fue una asesina múltiple ni una bruja caníbal. La “vampira del Raval” fue una invención colectiva, alimentada por el sensacionalismo, la moral burguesa, el clasismo institucional y una ciudad temerosa de su propio reflejo.
Al rescatar esta historia del mito y devolverla al terreno de los hechos, no solo hacemos justicia con la figura de Enriqueta, sino también con una parte olvidada de la historia de Barcelona: la de las mujeres pobres, las vencidas y las que cargaron con los pecados de otros.