La lorgnette: las gafas con mango que inventó un inglés para mirar por encima del hombro

La lorgnette: las gafas con mango que inventó un inglés para mirar por encima del hombro

Hay un gesto que todos hemos hecho alguna vez sin saber que tiene nombre propio y casi trescientos años de antigüedad: coger algo (unas gafas, un teléfono, lo que sea) y sostenerlo a media distancia de la cara en lugar de ponérnoslo, como si el mero hecho de no comprometerte del todo con la miopía te diera cierta superioridad moral sobre la situación. Pues bien, ese gesto tiene un antepasado directo, y es uno de los objetos más deliciosamente esnobs de la historia de la óptica: la lorgnette, esas gafas con mango que la aristocracia europea sostenía en alto durante dos siglos, no tanto para ver mejor como para dejar clarísimo que estaban decidiendo si merecías que te miraran.

Un nombre francés para un invento inglés

Aquí llega la primera ironía, y es de las buenas. La lorgnette suena a Versalles, a salón parisino, a alguien pronunciando «lorgnette» con la erre bien colocada mientras juzga tu vestimenta desde la distancia de seguridad de un mango de carey. Y sin embargo el objeto lo inventó, hacia 1770, un óptico e instrumentista inglés llamado George Adams (tan francés como un té de las cinco con niebla incluida). Adams diseñó unas lentes montadas sobre un mango plegable, pensadas en teoría para la lectura ocasional, y la buena sociedad europea decidió que aquello era exactamente lo que llevaba esperando toda la vida: una forma de usar gafas sin tener la vulgaridad de llevar gafas puestas. Porque admitir que necesitabas ayuda para ver era, en cierta lógica aristocrática bastante retorcida, una forma de debilidad; sostener el objeto en la mano, en cambio, convertía la miopía en una decisión, casi en un capricho. Francia se apropió tan bien de la idea que hoy nadie recuerda al inglés de la niebla, lo cual, para ser justos, es exactamente el tipo de historia que a los ingleses les encanta contar sobre sí mismos con una copa de vino en la mano.

El arma de la ópera, el teatro y el salón

Durante el siglo XIX la lorgnette se convirtió en el complemento oficial de cualquier sitio donde hubiera algo, o alguien, que mereciera ser examinado con desdén desde la distancia. En la ópera, en el teatro, en los salones donde se decidía quién entraba en según qué círculo, la lorgnette funcionaba como un periscopio de clase social: se levantaba, se apuntaba, se sostenía en el aire el tiempo justo para dejar constancia de que estabas evaluando, y se bajaba de nuevo con un chasquido casi sonoro. No era un instrumento óptico, era una puesta en escena. Uno no se ponía la lorgnette para ver la obra; se ponía la lorgnette para que la sala entera viera que uno estaba viendo la obra, y de paso, para inspeccionar sin disimulo el vestido de la señora de la fila de delante. Las gafas normales te ayudan a mirar el mundo. La lorgnette ayudaba a que el mundo supiera que le estabas juzgando, que son cosas completamente distintas y, para cierta clase social del XIX, mucho más importantes.

Mirar por encima del hombro, literalmente

Lo fascinante del objeto es que su gesto físico (el brazo estirado, el mango sujeto entre dos dedos, la barbilla ligeramente elevada) es exactamente la coreografía corporal de la expresión «mirar por encima del hombro», solo que llevada al terreno literal. La lorgnette no solo servía para juzgar: era, en sí misma, la postura del juicio hecha objeto. Durante casi dos siglos, media Europa aristocrática practicó a diario un pequeño ritual de superioridad óptica sin necesidad de decir una sola palabra, porque el mango, la elevación de la muñeca y la pausa antes de bajar el cristal ya lo decían todo. Es difícil pensar en otro accesorio de la historia de la moda que haya dedicado tanto diseño, tanta artesanía en carey, oro y esmalte, a la tarea concreta de hacer sentir pequeño a otro ser humano con elegancia.

Del mango a la montura: la democratización de mirar

Lo que acabó con la lorgnette no fue un decreto ni una revolución, fue algo mucho más aburrido y mucho más humano: la comodidad. A principios del siglo XX, las monturas que se sujetaban solas a la cara (lo que hoy llamamos, sencillamente, gafas) ganaron la partida porque liberaban las dos manos, porque no había que sostener nada en alto durante tres actos de ópera, y porque, en el fondo, cada vez menos gente estaba dispuesta a fingir que no necesitaba ver bien. El objeto pensado para distinguir a quien lo llevaba de la plebe que se ponía las gafas sin más, acabó perdiendo frente a la plebe. Hay algo casi poético en que el gesto más democrático de toda la historia de la óptica, ponerte las gafas y ya está, sin ceremonia, sin mango, sin pausa dramática, fuera precisamente el que ganó.

Nosotros, que diseñamos en un barrio donde nunca ha hecho falta un mango de carey para que te tomen en serio, nos quedamos con esa parte de la historia: la de las gafas que se llevan puestas, sin distancia y sin juicio, para mirar el mundo de frente. Que cada uno decida a quién mira por encima del hombro; nosotros preferimos mirar a los ojos.


RAVAL diseña gafas en El Raval, Barcelona, un barrio que nunca ha entendido demasiado bien eso de mirar a la gente desde arriba.

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