La Criolla: el cabaret más libre del Raval

La Criolla: el cabaret más libre del Raval

En los bajos del número 10 de la calle del Cid (hoy Joaquín Costa) en pleno corazón del antiguo "Barrio Chino" de Barcelona, floreció en 1925 un cabaret que redefinió la noche barcelonesa: La Criolla. Durante apenas una década, este local de luces tenues, música frenética y libertades impensables se convirtió en símbolo de una ciudad subterránea, transgresora y mestiza. Un cruce de caminos donde confluyeron los excesos, la bohemia, el crimen y la creatividad en un mismo latido.

La Criolla no era solo un local de baile: era el centro neurálgico de una Barcelona subversiva, muy alejada de la imagen oficial que intentaban proyectar las autoridades durante la dictadura de Primo de Rivera y la posterior República. En sus inicios, el local aprovechó el tirón del jazz, el charlestón y los tangos argentinos, que se escuchaban tanto en la orquesta en vivo como en una gramola eléctrica (toda una novedad tecnológica en la época).

Pero lo que realmente distinguía a La Criolla era su atmósfera de libertad absoluta. Allí, entre copas de absenta y cocaína pura traída del puerto, prostitutas, travestis, delincuentes, marineros, artistas y aristócratas curiosos compartían espacio sin distinción. Las habitaciones del fondo servían como reservados para encuentros sexuales sin tapujos. El local organizaba incluso concursos de transformismo, como el célebre Miss Barrio Chino Travesti de 1934, y permitía una fluidez de género y sexualidad que escandalizaba a las clases dirigentes.

A diferencia de otros locales más formales o clasistas. Aquí coincidían prostitutas gitanas con marineros filipinos, proxenetas andaluces con poetas catalanes, y marqueses decadentes con delincuentes comunes. Según la crónica del periodista Paco Villar, fue un lugar en el que se gestó “una suerte de internacional de los márgenes”.

Entre los rostros célebres que lo frecuentaron estaban el escritor Jean Genet (llegó a prostituirse ahí),  la bailarina Tórtola Valencia, Federico García Lorca y Josephine Baker en alguna visita fugaz, Flor de Otoño y (según cuentan las leyendas) hasta Salvador Dalí.

En 1928, su dueño Valentín Gabarró renovó el local coincidiendo con los preparativos para la Exposición Internacional de 1929. Introdujo palcos para clientela de alto nivel y una decoración que evocaba las Antillas, con elementos tropicales que apuntaban a una estética exótica, al gusto de la época. La remodelación no alteró su esencia canalla: al contrario, afianzó su reputación como el cabaret más peligroso y atractivo del sur de Europa.

Para mantener cierto control dentro del caos, Gabarró contrató como jefe de seguridad a José Márquez Soria, más conocido como "Pepe, el de La Criolla". Su figura se convirtió en casi tan mítica como el local: un tipo duro, respetado por todos, que mediaba con la policía, controlaba los disturbios y protegía a los artistas.

Durante los primeros años de los años 30, La Criolla vivió su apogeo. Era una parada obligatoria para quien quisiera experimentar la otra cara de Barcelona: la ciudad de los bajos fondos, pero también de la modernidad radical, del deseo sin censura, de la fusión racial y artística.

La muerte de Pepe en 1936 ,asesinado poco después de abrir otro local,  marcó el inicio del declive. La Guerra Civil Española arrasó con el tejido social del Raval. El 24 de septiembre de 1938, durante uno de los múltiples bombardeos sobre Barcelona, una bomba cayó sobre La Criolla y la destruyó por completo. El barrio ardía, y con él desaparecía el cabaret que lo había simbolizado.

Con la llegada del franquismo, el Barrio Chino fue considerado una amenaza moral y objetivo de "limpieza". Las autoridades franquistas eliminaron cualquier rastro físico del local. Sobre su ubicación se trazó la avenida García Morato, hoy parte de la modernización del Raval.

Aunque su estructura desapareció, el mito de La Criolla sobrevivió. Su historia ha sido recuperada en libros como Historia y leyenda del Barrio Chino de Paco Villar, inspiró personajes en novelas y obras de teatro, y sigue resonando en la memoria popular.

Incluso se han realizado montajes teatrales y espectáculos inmersivos inspirados en su leyenda, como los organizados por la Sala Tinta Roja. Más recientemente, artistas contemporáneos como Mama Dousha han utilizado el nombre del cabaret para reivindicar una identidad ravalera moderna, híbrida y resistente, en lucha contra la gentrificación y la mirada exotizante sobre el barrio.

La historia de La Criolla es también la historia de una Barcelona ambigua, fronteriza, mestiza. Una ciudad que ha oscilado entre la represión y la libertad, entre el orden burgués y la anarquía gozosa de sus márgenes.

La Criolla fue muchas cosas: un refugio para los proscritos, un laboratorio de lo que era cuando ni siquiera existía la palabra, un cabaret donde el jazz convivía con el flamenco y la absenta con la mandanga. Fue una bomba de vida, extinguida por otra bomba real.

Hoy, cuando se habla de recuperar la memoria del Raval, La Criolla brilla como un faro de lo que fue y de lo que aún late bajo los adoquines.

 

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