Antes de ser glamour, las gafas de sol de Hollywood eran un vendaje
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Hay una imagen que todos tenemos guardada sin saber de dónde salió: la diva del cine mudo bajándose del coche con gafas de sol redondas, un abrigo de piel y esa actitud de "no me miréis, aunque en realidad es justo lo contrario de lo que estoy pidiendo". La hemos visto tantas veces en fotos, en parodias, en memes que ya la damos por sentada como un gesto de puro estilo, la primera forma de la actitud "no hablo con la prensa" que luego heredarían generaciones enteras de famosos. Y como pasa con casi todos los gestos que parecen puro estilo, resulta que empezó siendo, de la manera más aburrida y física posible, un problema médico.
El plató que quemaba los ojos
Para rodar una película en 1915 hacía falta muchísima luz, y la luz eléctrica normal de la época no bastaba: las primeras películas de nitrato necesitaban una cantidad de fotones tan bestia que las bombillas domésticas se quedaban cortas. La solución que encontró la industria fueron las lámparas de arco de carbón, apodadas "klieg lights" por el nombre de sus fabricantes, los hermanos Kliegl. Estas lámparas producían una luz blanca, intensísima y este es el detalle que nadie te cuenta en el documental de turno, cargadísima de radiación ultravioleta, del mismo tipo que te quema en la playa sin que te des cuenta hasta la noche. Ahora imagina eso a quince centímetros de la cara de un actor, ocho, diez, doce horas al día, durante semanas, sin gafas de protección porque a nadie se le había ocurrido todavía que hiciera falta.
El diagnóstico con nombre de marca
El resultado tenía un nombre propio, "Klieg eye" ("ojo de klieg"), y era exactamente lo que suena: una queratoconjuntivitis fotoeléctrica, es decir, una quemadura solar en la córnea. Ojos rojos, hinchados, llorosos, una sensación descrita por quienes la sufrieron como tener arena caliente debajo de los párpados, y en los casos peores, ceguera temporal de varios días. No era una leyenda urbana ni una exageración de guionista: era un riesgo laboral real y tan extendido en los estudios de Hollywood de los años diez y veinte que las revistas del gremio publicaban remedios caseros, compresas de té frío, patatas cortadas, oscuridad total durante días, con la misma naturalidad con la que hoy se habla del túnel carpiano de quien pasa el día delante de un teclado. Rodar una película, en aquella época, era literalmente arriesgar la vista por el sueldo.
Y entonces, alguien se puso unas gafas
La lógica de lo que pasó después es tan simple que casi da vergüenza no haberla imaginado antes: si tus ojos están irritados, rojos e hinchados entre toma y toma, y en cualquier momento puede aparecer un fotógrafo de una revista de fans esperando el instante en que salgas del plató, te pones algo delante. Las estrellas del cine mudo empezaron a llevar gafas de sol no en pantalla, sino fuera de ella, en los descansos, al salir del estudio, en los trayectos entre plató y camerino, un gesto puramente funcional, casi médico, para esconder unos ojos que parecían llevar tres días sin dormir aunque fuera media mañana. Fue, sin que nadie lo planeara, el nacimiento de una de las imágenes más reconocibles del siglo XX: la estrella que se esconde detrás de un cristal oscuro. Lo que hoy leemos como "misterio" y "glamour" empezó siendo, literalmente, un apósito.
El accidente que se convirtió en vestuario
Lo interesante, y esto es lo que de verdad merece la pena quedarse pensando, es lo rápido que el cuerpo se convirtió en actitud. Al principio nadie se ponía gafas de sol para parecer intocable: se las ponía porque le dolían los ojos y prefería no salir en una foto con cara de haber llorado toda la noche. Pero el público, que no sabía nada de lámparas de arco ni de queratoconjuntivitis, solo veía a Gloria Swanson o a cualquier otra estrella bajando de un coche con gafas oscuras y una actitud de quien tiene secretos importantes que guardar. Y una vez que el público decide que algo significa poder, esa cosa empieza a significar poder de verdad, tenga o no tenga ninguna relación con la razón original. Para los años treinta y cuarenta, cuando la iluminación de estudio ya había mejorado y el riesgo del "ojo de klieg" era mucho menor, las estrellas seguían llevando gafas de sol fuera de cámara. Ya no las necesitaban. Pero el gesto se había quedado, transformado de síntoma en símbolo, que es más o menos la biografía de la mayoría de los objetos que terminamos llamando icónicos.
Lo que queda cuando desaparece la causa
Hay algo casi consolador en descubrir que uno de los gestos más estudiadamente elegantes de la historia del cine nació de un problema tan poco glamuroso como una quemadura corneal por exceso de trabajo. Nos gusta pensar que el estilo se inventa en una mesa de diseño, cuando en realidad la mayoría de las veces se hereda de una necesidad que ya ni siquiera existe: alguien resuelve un problema real, el gesto sobrevive al problema, y generaciones después seguimos repitiéndolo sin preguntarnos por qué. Las gafas de sol dentro de un plató, en la puerta de un hotel, bajando de un avión, todo ese repertorio de "estrella evitando que la vean" que hoy asociamos a un tipo concreto de fama, empezó como un cuidado ocular de primeros de siglo. En RAVAL nos gusta especialmente esta parte de la historia, la de los objetos que empiezan siendo utilidad pura y terminan siendo carácter, porque es más o menos lo que intentamos hacer con cada montura que sale del taller: cuidar primero de la vista, y dejar que el estilo llegue solo, como llegó siempre.
RAVAL diseña gafas en Barcelona, heredera de un siglo de gente escondiéndose, y encontrándose, detrás de un cristal.