Jackie Onassis se escondió detrás de unas gafas enormes y se volvió imposible de no reconocer
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Jackie Onassis se escondió detrás de unas gafas enormes y se volvió imposible de no reconocer
Hay una escena que se repite en cualquier boda, bautizo o comunión de este país: la tía, la cuñada o la ex que ha decidido, sin consultarlo con nadie, que esta ceremonia se merece unas gafas de sol tan grandes que le tapan media cara, aunque estemos dentro de una iglesia con la luz de cuatro velas y el cura mirándola con una mezcla de sospecha y respeto profesional. Nadie pregunta por qué. Todos sabemos, con esa certeza silenciosa que solo da haber crecido en el Mediterráneo, que esas gafas no están ahí para protegerse de un sol que no entra por los ventanales, sino de las preguntas, de las miradas, de la obligación social de que la cara cuente una historia que esa persona ha decidido, esta mañana concretamente, no contar. Hace más de sesenta años, una mujer bastante más famosa que cualquier tía de boda llegó a la misma conclusión con muchísima más urgencia, y el resultado sigue definiendo cómo se lleva una gafa de sol grande hasta el día de hoy.
Un blindaje, no un accesorio
A finales de los años sesenta, Jacqueline Kennedy era, sin haberlo pedido, la mujer más fotografiada del planeta: viuda de un presidente asesinado en directo ante medio mundo, madre de dos niños que crecían con un objetivo apuntándoles a la cara en cada esquina, y objeto de un escrutinio que ninguna persona debería tener que soportar mientras hace, simplemente, la compra o lleva a sus hijos al colegio. Su respuesta no fue esconderse en casa —eso, para alguien con su vida pública, nunca fue una opción real— sino algo mucho más inteligente: agrandar el objeto que ya llevaba todo el mundo hasta convertirlo en un muro. Cuanto más grandes las lentes, menos cara quedaba disponible para que el resto del mundo la leyera. No era vanidad. Era arquitectura defensiva disfrazada de moda de verano.
Del cuadrado de Nina Ricci a la mariposa hecha a medida
La historia tiene, además, nombres y fechas concretos, que es lo que distingue una anécdota bien contada de una leyenda inventada a posteriori. A finales de los sesenta, la maison francesa Nina Ricci, junto al fabricante L'Amy, produjo unas monturas cuadradas y descomunales que Jackie adoptó casi como uniforme. Poco después llegaron las mariposa redondeadas de François Pinton, el modelo que hoy cualquiera reconoce al instante aunque no sepa ponerle nombre. Y en sus últimos años, cuando ya podía permitirse no depender de ningún catálogo, encargó monturas a medida en Maison Bonnet, el mismo taller parisino que fabricaba también las gafas de su segundo marido, Aristóteles Onassis. Tres épocas, tres proveedores, una sola idea constante: cuanto más grande el cristal, más pequeño el margen que dejas al mundo para opinar sobre tu cara.
El fotógrafo que se acercó demasiado y un juez que puso metro en mano
Y aquí es donde la historia deja de ser solo sobre estilo y se vuelve legal, que es la parte que a cualquiera que trabaje en marca debería sorprenderle más. Un fotógrafo llamado Ron Galella dedicó buena parte de su carrera a perseguir a Jackie con una obsesión que hoy calificaríamos sin dudarlo de acoso: se plantaba en la puerta del colegio de sus hijos, saltaba delante de la bicicleta del pequeño John en Central Park, aparecía en cada esquina como una sombra con teleobjetivo. En 1973, un tribunal de Nueva York le puso literalmente a distancia: primero cien metros, después veinticinco pies de separación obligatoria, una cifra tan precisa que Galella empezó a pasearse con una cinta métrica para medirla él mismo. Es, probablemente, el único caso de la historia en que la necesidad de una mujer de respirar sin un objetivo pegado a la cara acabó fijando jurisprudencia sobre dónde termina el periodismo y empieza el asedio.
El objeto para esconderte que te hizo inolvidable
Y ahí está la paradoja de siempre, la misma que se repite cada vez que alguien intenta desaparecer detrás de un cristal oscuro: el gesto de Jackie para pasar desapercibida se convirtió en el gesto de estilo más citado, imitado y vendido de las últimas seis décadas. Hoy nadie llama a esas gafas "gafas oversize de los sesenta"; se llaman, directamente, "Jackie O", con nombre propio incluido, como si el objeto y la mujer se hubieran fusionado sin remedio. Quería que no la reconocieran y consiguió que la reconociéramos para siempre por eso mismo. Cada vez que la tendencia oversize vuelve —y vuelve, con la puntualidad de las cosas que nunca se fueron del todo— está citando, sépalo o no quien las lleva, a una viuda que solo quería un poco de aire.
En RAVAL entendemos ese impulso mejor de lo que nos gustaría admitir: a veces la montura más discreta es la más grande de todas, la que decide, por ti, cuánta cara le regalas hoy al mundo.
RAVAL diseña gafas en Barcelona, convencidos de que a veces esconderse bien es la forma más elegante de dejarse ver.