Gafas de sol por la noche: la lección de Studio 54
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Hay un momento, en cualquier terraza de Barcelona pasadas las once, en el que aparece alguien con gafas de sol y todo el mundo hace exactamente lo mismo: mirar al cielo para comprobar si se ha perdido algún fenómeno astronómico. No hay sol. Hace dos horas que no hay sol. La única fuente de luz es una guirnalda de bombillas que el dueño del bar colgó en 2014 y que parpadea con la angustia de quien lleva años pensando en cambiarla. Y sin embargo ahí está esa persona, con la lente oscura puesta, sosteniendo un vermut y una conversación con una serenidad que resulta ligeramente irritante. La reacción colectiva oscila siempre entre dos polos: «qué postureo» y, muy en el fondo, «por qué no se me ha ocurrido a mí».
Conviene decirlo pronto: llevar gafas de sol de noche es objetivamente absurdo. También lo es brindar, ponerse perfume, atarse un pañuelo al cuello o llamar a alguien para decirle cosas que podrías escribirle. Casi todo lo que hacemos por encima de la supervivencia es absurdo, y esa es precisamente la parte buena. La pregunta interesante no es si tiene sentido óptico. Es por qué la humanidad lleva medio siglo repitiendo el mismo gesto sin ponerse de acuerdo en qué significa.
Un edificio en Nueva York donde nadie quería que le leyeran la cara
Para entenderlo hay que retroceder a abril de 1977, al número 254 de la calle 54 Oeste de Nueva York. Un antiguo teatro reconvertido en discoteca por Steve Rubell e Ian Schrager, con una decoración que incluía un hombre en la luna colgando del techo, una cola en la puerta que funcionaba como examen de acceso y una política de admisión que Rubell describía sin ninguna vergüenza como componer una ensalada: había que mezclar ingredientes. Un chico de Brooklyn sin un duro, una condesa, un camarero, Liza Minnelli, alguien con un disfraz de plumas y alguien vestido de oficinista. Bianca Jagger entró a caballo en su fiesta de cumpleaños, lo cual dice bastante del nivel de contención del establecimiento.
Y dentro, bajo una bola de espejos y a las tres de la mañana, media sala llevaba gafas de sol. Andy Warhol —que había convertido la lente oscura en parte de su rostro mucho antes—, Grace Jones, Divine, Halston, gente cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros pero cuyas fotos sí. En el lugar más oscuro de la ciudad, la gente más fotografiada del planeta se ponía un filtro delante de los ojos. Y no era para ver menos. Era para que la sala pudiera mirarles todo lo que quisiera sin averiguar nada.
La lente como puerta, no como cortina
Aquí está el giro que hace que esta historia sobreviva a la moda que la produjo. Solemos pensar en las gafas de sol nocturnas como una cortina: algo que se pone delante para esconderse. Pero en Studio 54 funcionaban al revés. Eran una puerta. La lente oscura era lo que permitía a alguien tímido entrar en una sala llena de gente insoportablemente segura de sí misma y comportarse durante unas horas como si él también lo fuera. No ocultaban a la persona: le prestaban una versión de sí misma que en la calle no se atrevía a sacar.
Es exactamente lo que hacen las máscaras desde que existen las máscaras, y las máscaras existen desde antes que la escritura. El carnaval, las murgas, los antifaces venecianos, el disfraz que te ponías a los siete años y que te volvía inexplicablemente valiente. Todas las culturas han descubierto, por su cuenta y sin consultarse, que a los seres humanos les hace falta tapar una parte de la cara para poder enseñar el resto. Studio 54 no inventó nada: simplemente encontró el accesorio con mejor diseño industrial de la historia de las máscaras y lo puso bajo una bola de espejos.
Por qué en el sur nos escondemos peor
Hay además una diferencia geográfica que me hace gracia. En el norte de Europa la vida social ocurre puertas adentro y con reglas, y las gafas de sol nocturnas se leen como un exceso, casi una falta de educación. En el Mediterráneo pasa algo distinto: aquí la vida social ocurre en la calle, a la vista de todos, delante de los vecinos, de los camareros y de una señora en un balcón que lleva cuarenta años en ese balcón. Vivimos vigilados por consenso. Y en una cultura donde todo el mundo ve todo, un pequeño gesto de opacidad no es arrogancia: es higiene mental.
Por eso el sur, que en teoría no necesita esconderse porque no esconde nada, es donde mejor se entiende el gesto. No lo hacemos para desaparecer. Lo hacemos para poder estar en la plaza sin que la plaza tenga acceso completo. Es la misma negociación de siempre: te doy la conversación, la risa, la ronda y la anécdota; los ojos me los quedo yo.
Nadie ha derogado la norma porque nunca existió
Studio 54 duró poco —cerró en 1980, y la historia de por qué es otra historia— pero el gesto se quedó. Y sigue aquí, en la terraza de las once, en el festival, en el aeropuerto a las siete de la mañana, en la persona que sale del cine con la lente puesta como quien no quiere aterrizar todavía. Cada época decide que es una horterada y cada época vuelve a hacerlo, porque debajo de la pose hay algo que no es pose en absoluto: la sospecha, muy antigua y muy razonable, de que uno no está obligado a estar disponible del todo, todo el rato, para todo el mundo.
Así que la próxima vez que veas a alguien con gafas de sol de noche, antes de emitir el juicio automático, considera la posibilidad de que no esté posando. Puede que simplemente esté abriendo una puerta muy pequeña para poder entrar en la fiesta.
RAVAL diseña gafas en Barcelona, en un barrio donde la vida siempre ha pasado en la calle y donde llevamos un siglo entendiendo que un poco de opacidad es una forma de cortesía.