
Carrer de la Cera: el corazón gitano donde nació la rumba catalana
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En el número 6 del Carrer de la Cera, en pleno barrio del Raval de Barcelona, no hay placas doradas ni marquesinas con letras luminosas. Lo que hay es un mural, una medianera pintada con rostros anónimos que suenan a leyenda: El Pescaílla, El Orelles, El Polla y Tía Pepi. Aquí no nació un género musical cualquiera: aquí se gestó una revolución sonora mestiza, alegre y resistente, que sacó a la calle la guitarra flamenca, la contagió con bongós cubanos y la impregnó del pulso inagotable del barrio. Aquí nació la rumba catalana.
Para entender cómo surgió la rumba catalana hay que entender primero el Raval, un barrio que a mediados del siglo XX era un hervidero de inmigración, marginación, vida nocturna y mezcla cultural. En calles como la Cera, la Luna o Robador convivían las familias gitanas venidas del sur con criollos latinoamericanos, músicos ambulantes, prostitutas, republicanos exiliados y buscavidas de todos los colores. En este cruce de caminos, las fronteras entre lo local y lo extranjero, lo flamenco y lo afrocubano, se volvieron difusas.
Las familias gitanas del Carrer de la Cera eran numerosas y con un fuerte sentido comunitario. Las casas se comunicaban entre sí, las puertas estaban siempre abiertas y las celebraciones eran compartidas. En ese caldo de cultivo surgieron músicos autodidactas, con oído absoluto y hambre de ritmo. A falta de estudios académicos o conservatorios, el aprendizaje se transmitía de oído, de vista y de calle.
El pionero por antonomasia fue Antonio González Batista, más conocido como El Pescaílla, considerado el padre de la rumba catalana. Supo unir el compás del flamenco con los acentos del son cubano, que llegaban a Barcelona de la mano de marineros, emigrantes y discos traídos de ultramar. Pero lo más revolucionario fue su manera de tocar la guitarra: el ventilador, un golpeo rítmico con la palma y los nudillos sobre la caja que convertía la guitarra en instrumento de percusión.
En sus primeros tiempos, El Pescaílla tocaba en fiestas privadas del barrio, acompañado por bongós, palmas y jaleos. Lo que era una juerga gitana espontánea se fue convirtiendo en un estilo reconocible. Pronto otros nombres se sumaron: El Toqui, El Orelles, El Polla (hermano de El Pescaílla), guitarristas callejeros que no grabaron discos pero fueron claves en la cocina sonora de la Cera.
Mientras en el Carrer de la Cera se fraguaba la raíz, sería Peret (Pere Pubill Calaf), originario de Mataró pero muy vinculado al barrio, quien llevaría la rumba catalana al gran público. Peret era más pop, más eléctrico, más comercial. Llevó la rumba a Eurovisión, a las listas de éxitos y hasta a las olimpiadas del 92. Sin embargo, jamás ocultó su deuda con los rumberos de la Cera, que fueron sus maestros invisibles.
Aunque el Carrer de la Cera es el epicentro indiscutible del nacimiento de la rumba, otros barrios también jugaron un papel esencial. En Gràcia, la rumba adoptó un aire más salsero, fruto del contacto con ritmos caribeños más melódicos. En Hostafrancs, el peso del flamenco tradicional era más fuerte, y las rumbas tenían un compás más “jondo”.
La riqueza de la rumba catalana está precisamente en esa triangulación sonora: el ritmo caliente del Raval, la elegancia melódica de Gràcia y el duende flamenco de Hostafrancs. Todos estos elementos se entrelazaron de forma natural, sin programas institucionales ni académicos. Fue una creación popular, libre y colectiva.
En 2017 y 2018, el Ayuntamiento de Barcelona promovió la realización de dos grandes murales en el Carrer de la Cera, en los números 6 y 57, realizados por los artistas Luis Zafrilla y Joan Carles Marí. Los murales retratan a los pioneros de la rumba con retratos coloridos, guitarras flotantes y escenas de fiesta.
La entonces alcaldesa Ada Colau los inauguró definiéndolos como "gran obra colectiva" y homenaje a la aportación gitana a la cultura barcelonesa. El proyecto, impulsado por entidades como Forcat y Apac, reivindica el legado vivo de un barrio que transformó la historia musical de la ciudad sin apenas reconocimiento institucional durante décadas.
Un punto aún pendiente en este proceso de memoria es la inclusión de las mujeres rumberas. Aunque el mural incluye a “Tía Pepi” bailando, muchas voces han señalado la ausencia de figuras fundamentales como Carmen Amaya, La Terremoto, La Chana o incluso La Tani. Mujeres gitanas que no solo bailaron, sino que también cantaron, viajaron a América, trajeron ritmos nuevos y fueron transmisoras de la cultura musical en las casas y en las fiestas.
En abril de 2025, la asociación Carabutsí propuso la creación de un mural específico para las rumberas, así como el cambio de nombre oficial de la calle a “Carrer de la Cera i de la Rumba Catalana”. La petición forma parte de un esfuerzo más amplio por visibilizar el papel de la mujer gitana en la construcción de la cultura popular catalana.
Aunque la época dorada de la rumba catalana se sitúa entre los años 50 y 70, el género no ha muerto. En los 90, con grupos como Los Manolos o Muchachito Bombo Infierno, la rumba vivió un renacimiento vinculado al mestizaje, la fiesta y las olimpiadas. En 2017, El Petitet (Joan Ximénez Valentí), hijo de un rumbero del Carrer de la Cera, llevó la rumba al Liceu con una orquesta sinfónica de músicos gitanos, sellando un gesto histórico: el sonido de la calle en el templo de la alta cultura.
Hoy, nuevas generaciones de músicos, como Rumbakana o Achilifunk Sound System, siguen explorando y renovando este género, combinándolo con hip hop, electrónica o jazz. La rumba catalana es ahora candidata a ser reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, una propuesta impulsada por familiares de Peret y asociaciones culturales del barrio.
El Carrer de la Cera no es solo una calle: es un símbolo. Un lugar donde la guitarra flamenca, los bongós latinos y el alma gitana se mezclaron para crear algo radicalmente nuevo. La rumba catalana no nació en estudios de grabación ni en conservatorios: nació en patios, en bodas, en tabernas, en fiestas improvisadas donde cada golpe de palmas era una celebración de la vida.
Es justo y necesario reconocer ese legado, no como una anécdota folclórica, sino como un capítulo fundamental en la historia musical y cultural de Barcelona. La rumba catalana es el eco alegre y obstinado de un barrio que, a pesar de la marginación, supo inventar belleza. Y su guitarra sigue sonando.